Stonehenge: las preguntas que cinco mil años no han respondido
Stonehenge se alza en la llanura de Salisbury, en Wiltshire, al sur de Inglaterra, y es el monumento prehistórico más estudiado del planeta. Los arqueólogos lo han excavado, lo han datado, han escaneado el suelo circundante con georradar y lo han modelado en tres dimensiones. La mañana del solsticio de verano el sol se levanta sobre la Piedra Talón, situada fuera del círculo, y su luz corre recta por la avenida procesional hasta el centro. El día más corto del año el sol se pone sobre ese mismo eje, en dirección contraria. Esa alineación es un hecho medido, incorporado a la disposición misma de las piedras. Buena parte de lo demás que hoy sabemos del monumento se estableció apenas en los últimos años, con métodos de laboratorio que sus constructores no habrían podido imaginar.
El monumento no se levantó en una sola campaña. Se ensambló, se desmontó y se reconstruyó a lo largo de unos mil años. Comenzó hacia el 3000 a.C. como una obra de tierra circular: un foso y un terraplén que encerraban un anillo de hoyos, llamados más tarde los Agujeros de Aubrey por el anticuario que primero los registró. La silueta que reconocemos, los altísimos verticales coronados por dinteles, llegó hacia el 2500 a.C., cuando los enormes bloques de sarsen se irguieron y se trabaron entre sí mediante ensambles tallados en la roca. Los constructores emplearon caja y espiga, y lengüeta y ranura, técnicas tomadas de la carpintería y aplicadas a la piedra. La obra, el reordenamiento y las reparaciones continuaron hasta alrededor del 2000 a.C. El monumento que hoy fotografiamos es, por tanto, la versión superviviente de una estructura que sus hacedores siguieron modificando durante unas cuarenta generaciones.
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