El día que el cielo explotó: el enigma siberiano de Tunguska
Hacia las 7:14 de la mañana del 30 de junio de 1908, el cielo sobre un remoto rincón de la taiga siberiana pareció rasgarse. Una bola de fuego, descrita por los testigos como más brillante que el sol, cruzó la cuenca del río Podkamennaya Tunguska y, sin llegar a tocar el suelo, detonó en pleno aire. En un instante, unos 2.000 kilómetros cuadrados de bosque milenario, se estima que 80 millones de árboles, quedaron aplastados como cerillas y tendidos hacia afuera en un inmenso patrón radial que apuntaba de vuelta a un único punto en el cielo.
Las personas que vivían más cerca de la explosión sobrevivieron para describirla. En el puesto comercial de Vanavara, a unos 65 kilómetros del epicentro, un hombre llamado Semion Semenov estaba sentado en su porche cuando, según dijo, el cielo se partió en dos y todo el horizonte norte pareció incendiarse. Sintió una oleada de calor tan intensa que creyó que su camisa ardía, y un instante después la onda expansiva lo lanzó varios metros de su silla y lo dejó brevemente inconsciente.
Pastores evenkis nómadas de la zona dieron relatos similares. Describieron tiendas arrojadas al aire, renos dispersados y muertos, y un trueno que rodaba sin cesar sobre la taiga. Las ventanas estallaron en asentamientos a cientos de kilómetros.
El suceso quedó registrado también en instrumentos muy lejos de Rusia. Sismógrafos tan distantes como los de Europa occidental recogieron el temblor. Los barómetros siguieron la onda de presión dos veces alrededor del planeta. Durante varias noches el cielo sobre Europa y Asia brilló de forma tan extraña que la gente aseguraba poder leer el periódico al aire libre a medianoche, y ese brillo insólito quedó anotado en registros de observatorios y columnas de prensa de la época.
Y luego, durante casi dos décadas, casi nada. La explosión había golpeado uno de los rincones más inaccesibles del Imperio ruso, a cientos de kilómetros del pueblo más cercano, y los años siguientes trajeron la Primera Guerra Mundial, la revolución y la guerra civil. Ninguna partida científica llegó al lugar mientras el bosque derribado estaba fresco.
No fue hasta 1927, diecinueve años después del suceso, cuando el mineralogista Leonid Kulik logró dirigir la primera expedición científica al lugar. Kulik estaba convencido de que hallaría un cráter gigante y los restos enterrados de un colosal meteorito de hierro, quizá una fortuna en metal para el joven Estado soviético.
Lo que encontró fue otra cosa. En el centro mismo de la devastación los árboles seguían en pie, pero despojados casi por completo de sus ramas y su corteza, como un bosque de postes de telégrafo ennegrecidos. Alrededor de esa arboleda en pie, durante kilómetros en todas direcciones, yacían millones de árboles apuntando hacia afuera. Y en ningún sitio, por más que Kulik y los equipos posteriores buscaran, había cráter.
Kulik regresaría a aquel paraje desolado una y otra vez en los años siguientes. Tomó las primeras fotografías del bosque desnudo y derribado, perforó y excavó en las hondonadas pantanosas que sospechaba que ocultaban fragmentos enterrados y, en la década de 1930, organizó reconocimientos aéreos que captaron la devastación radial desde lo alto. Nunca encontró el cráter que estaba seguro de que existía, ni un solo meteorito digno de ese nombre. Murió en 1942 en un campo de prisioneros alemán.
Expediciones soviéticas posteriores, en los años cincuenta y sesenta, cartografiaron toda la zona de destrucción. No era un círculo pulcro, sino una enorme cicatriz con forma de mariposa, que se extendía en una dirección mucho más que en otra. A partir de esa forma y de la orientación de los troncos caídos, los investigadores estimaron que el objeto había llegado desde el sureste por una trayectoria oblicua y poco inclinada.
La ausencia de cráter, desconcertante al principio, se convirtió en la clave de la física. El patrón de árboles centrales en pie rodeados de caída radial mostró que el objeto nunca llegó al suelo. Estalló en el aire, a unos cinco a diez kilómetros de altura, y la onda cayó sobre el bosque casi en vertical, arrancando las ramas de los árboles bajo la explosión mientras aplastaba todo lo que estaba más lejos. Eso es una explosión aérea, y hoy es la explicación establecida de lo que ocurrió sobre el Tunguska.
La mecánica se comprende bien. Un cuerpo de tal vez 50 a 60 metros de diámetro entró en la atmósfera a decenas de kilómetros por segundo. La resistencia del aire lo aplastó y lo calentó hasta desintegrarlo, y liberó su enorme energía cinética de golpe en forma de bola de fuego y onda de presión. Las estimaciones de esa energía oscilan entre unos 10 y 30 megatones de TNT, cientos de veces la potencia de la bomba lanzada sobre Hiroshima. Sigue siendo el mayor impacto de la historia humana documentada.
Los rastros físicos recuperados en el lugar son reales, pero muy pequeños en escala. Investigadores que cribaron el suelo y la turba en torno al epicentro, y rebuscaron en la resina atrapada en los árboles supervivientes, han descrito esferas microscópicas de silicato y magnetita, algunas con un alto contenido de níquel del tipo asociado a material meteorítico y no a tierra corriente. Los análisis de capas de turba depositadas hacia 1908 han revelado concentraciones elevadas de iridio, un elemento raro en la corteza terrestre pero comparativamente común en asteroides y cometas. Son rastros de polvo, no escombros. Pese a más de un siglo de búsqueda, decenas de expediciones e incontables muestras de suelo, jamás se ha recuperado un fragmento confirmado y de tamaño apreciable del objeto.
La ciencia moderna ha visto desde entonces una versión menor del mismo suceso en directo. En la mañana del 15 de febrero de 2013, un asteroide de solo unos 17 a 20 metros de ancho explotó sobre la ciudad rusa de Cheliábinsk con una energía de aproximadamente medio megatón. Rompió ventanas en toda la región e hirió a más de 1.500 personas, la mayoría cortadas por cristales que volaban al correr hacia las ventanas para ver la cegadora estela en el cielo. Cheliábinsk fue una pequeña fracción de la potencia de Tunguska, y la propia explosión aérea no dejó cráter, solo una dispersión de pequeños meteoritos y una enorme cantidad de vidrio roto. Grabado por cientos de cámaras de salpicadero y medido por instrumentos sísmicos y de infrasonido, ofreció a los científicos su primera mirada bien documentada a la física de una explosión atmosférica.
El suceso de Tunguska se reconoce hoy como referencia de ese riesgo. Las Naciones Unidas marcan el 30 de junio, el aniversario de la explosión, como el Día Internacional del Asteroide.
Conclusiones y preguntas abiertas
La explosión aérea está asentada. De qué estaba hecho el objeto no lo está, y el debate lleva décadas.
El bando del asteroide señala esas microesferas ricas en níquel y portadoras de iridio y la pura violencia local del estallido, y defiende un cuerpo denso y rocoso que se hizo pedazos en lo alto del aire. Su debilidad es la ausencia casi total de fragmentos meteoríticos macroscópicos, que cabría esperar que un asteroide rocoso esparciera por la zona de impacto.
El bando del cometa, asociado al astrónomo soviético Vasili Fesenkov y otros, responde que el objeto no dejó roca precisamente porque era sobre todo hielo y polvo, un frágil grumo de volátiles congelados que se vaporizó por completo en la bola de fuego. Algunos partidarios van más lejos y vinculan Tunguska con el cometa Encke y la corriente de meteoros Beta Táuridas, señalando que el momento y la dirección aparente de llegada encajan con un fragmento desprendido de ese cometa. Esta teoría explica el suelo vacío, y el polvo que habría inyectado en lo alto de la atmósfera daría cuenta de aquellas luminosas noches europeas. Su debilidad son las microesferas y el iridio, que se parecen más a la firma de un cuerpo rocoso, y la inmensa energía liberada tan baja en el cielo, que muchos modelizadores encuentran más fácil de reconciliar con una piedra densa.
Una línea de investigación ha afirmado haber hallado el fragmento que falta. En 2007 un equipo italiano sostuvo que el lago Cheko, un lago pequeño, extrañamente profundo y con forma de embudo, a unos ocho kilómetros al nornoroeste del epicentro, podría ser un cráter de impacto oculto excavado por un trozo superviviente del objeto. Sería la prueba física que todos han buscado durante un siglo. Estudios posteriores de los sedimentos del lago sugirieron que bien podría ser anterior a 1908, y la afirmación sigue siendo discutida más que confirmada.
En torno a estas disputas sobrias siempre ha girado una niebla de propuestas más extrañas, y merecen sopesarse con honestidad. En 1965, el premio Nobel Willard Libby y sus colegas lanzaron la idea de que un trozo de antimateria se había aniquilado en la atmósfera; la noción naufragó porque tal suceso debería haber dejado una huella radiactiva inconfundible que nunca se halló de forma convincente. En 1973, los físicos Albert Jackson y Michael Ryan propusieron que un diminuto agujero negro había atravesado la Tierra, pero un agujero negro que entrara sobre Siberia debería haber salido de nuevo en algún punto del Atlántico Norte, y jamás se registró tal evento de salida. Otros siguen defendiendo el imaginario rayo de la muerte de Nikola Tesla o el estrellamiento de una nave alienígena, ideas que no aportan prueba física alguna y que sobreviven en gran medida porque nunca pueden refutarse del todo. Cada una de estas teorías tiene la misma forma: explica el drama e ignora los datos.
Lo que queda genuinamente sin explicar es más estrecho de lo que sugieren las afirmaciones más desatadas, y más terco. ¿Era el objeto de Tunguska un asteroide rocoso o el fragmento de un cometa? ¿De qué estaba hecho exactamente y qué tamaño tenía en realidad? ¿Y por qué, en 2.000 kilómetros cuadrados de bosque destrozado y chamuscado, no dejó ni una sola pieza inequívoca de sí mismo, solo polvo microscópico? Una teoría sostiene que nunca hubo gran cuerpo sólido que recuperar, que un cúmulo de escombros mal cohesionado o un fragmento helado de cometa hicieron exactamente lo que la física dice que algo así debe hacer y se deshicieron por completo en un solo destello. Si eso es cierto, el mayor impacto cósmico de la historia registrada seguirá siendo lo que es hoy: un caso reconstruido casi por entero a partir de la dirección en que cayeron los árboles muertos.