Los Cinco del Condado de Yuba: cinco hombres condujeron hacia las montañas y nunca volvieron a casa
La noche del viernes 24 de febrero de 1978, cinco amigos de la zona de Yuba City, en el norte de California, condujeron hacia el este, a la ciudad universitaria de Chico, para ver un partido de baloncesto. El coche era un viejo Mercury Montego que pertenecía a Jack Madruga, de treinta años. Con él iban Ted Weiher, de treinta y dos, Bill Sterling, de veintinueve, Gary Mathias, de veinticinco, y Jack Huett, de veinticuatro. Cuatro de los cinco vivían con discapacidades del desarrollo. Mathias, el quinto, había sido diagnosticado de esquizofrenia años antes, pero desde 1975 estaba en tratamiento y tomaba medicación, y quienes lo conocían lo describían como estable.
Los cinco se habían conocido a través de un programa para personas con discapacidad en Yuba City, y el baloncesto era el hilo que recorría su amistad. Pertenecían a un equipo llamado los Gateway Gators, y su propio partido estaba fijado para la mañana siguiente: un torneo de las Olimpiadas Especiales del que llevaban semanas hablando. Ganarlo los habría clasificado para una final estatal. Tenían previsto volver pronto a casa.
De regreso de Chico se detuvieron en una pequeña tienda de comestibles, donde se les recordó comprando refrescos, chocolatinas y pasteles. Esa parada es el último avistamiento confirmado de los cinco hombres juntos. Desde la tienda condujeron hacia la oscuridad, y ninguno llegó a casa. Ninguno jugó el partido que habían esperado.
Sus familias dieron la alarma enseguida, y su certeza de que algo iba mal se apoyaba en los hábitos de los hombres. Los parientes contaron a los investigadores, entonces y durante décadas después, que los cinco se atenían a rutinas fijas. No faltaban a las citas, no trasnochaban y no tomaban carreteras desconocidas. Madruga en particular era conocido por cuidar su coche y ser prudente con el dinero. Cuando el Montego no apareció aquella noche, las familias empezaron a llamar a la policía antes del amanecer.
Durante cuatro días no hubo nada. Entonces, el 28 de febrero, un guarda forestal encontró el Montego abandonado en una carretera nevada del Bosque Nacional Plumas, en lo alto de Sierra Nevada y a unos 110 kilómetros de cualquier ruta que los hombres hubieran seguido para volver a casa. El coche apuntaba en dirección contraria a Yuba City, más adentro de las montañas.
El vehículo en sí no ofrecía explicación alguna. Estaba intacto y en buen estado mecánico. Tenía alrededor de un cuarto de depósito de combustible, suficiente para haber llevado a los hombres casi todo el camino a casa. No se había estrellado ni salido de la carretera: lo habían detenido y dejado allí. Estaba tan poco hundido en la nieve que los investigadores concluyeron que unos pocos hombres podrían haberlo empujado hasta liberarlo. No había señales de lucha, ni sangre, ni daños en el interior. Dentro había mapas de carreteras y algunas envolturas de la comida comprada en la tienda. Faltaban las llaves.
Los equipos de búsqueda entraron en las montañas, pero las condiciones estaban en su contra. La nieve superaba el metro de espesor en las cotas altas, llegó más mal tiempo y el terreno alrededor del coche era empinado y muy boscoso. Las batidas aéreas y terrestres de las semanas siguientes no hallaron rastro de los cinco hombres. Al acercarse la primavera, la búsqueda se redujo y el caso quedó en silencio.
Un relato de aquella noche vino de fuera del grupo. Un hombre llamado Joseph Schons se encontraba en esa misma carretera de montaña el 24 de febrero, intentando llegar a una cabaña familiar. Su coche quedó atascado en la nieve y, al tratar de liberarlo, sufrió un infarto. Volvió a meterse en el vehículo y permaneció allí toda la noche. En algún momento vio faros detrás de él y oyó voces, incluido lo que describió como silbidos, y creyó ver a personas moviéndose en los haces de luz, entre ellas las figuras de una mujer y un bebé. Pidió ayuda a gritos dos veces. Las dos veces, dijo, las voces cesaron y las luces se apagaron. Schons acabó saliendo de las montañas a pie y sobrevivió. Se presentó tras leer sobre los desaparecidos. Los investigadores señalaron que en aquel momento sufría una crisis cardíaca, estaba en estado de shock y padecía un frío extremo.
La montaña guardó el resto hasta el deshielo. El 4 de junio de 1978, un grupo de motociclistas que recorría el bosque se topó con un remolque del Servicio Forestal de Estados Unidos, de los que se mantienen abastecidos como refugio para las brigadas contra incendios, a unos 30 kilómetros más allá del coche abandonado. Dentro, sobre una cama, encontraron el cuerpo de Ted Weiher. Estaba cubierto con ocho sábanas. La autopsia determinó que había muerto por una combinación de inanición e hipotermia. Había perdido casi la mitad de su peso corporal, que rondaba los noventa kilos. El crecimiento de su barba indicaba que había vivido entre ocho y trece semanas aproximadamente tras la noche del 24 de febrero. Tenía los pies gravemente congelados. Sus zapatos no estaban.
El remolque estaba bien abastecido. Los investigadores hallaron comida enlatada en cantidades que, según calcularon, podrían haber alimentado a los cinco hombres durante cerca de un año. Había cerillas, había combustible y había un calentador de propano que no se había encendido. Dentro colgaba ropa de invierno gruesa. El armario de la comida no se había abierto. Entre las pertenencias dejadas en el remolque había un par de zapatos que no eran de Weiher; se identificaron como de Gary Mathias. Alguien había extendido las ocho sábanas sobre Weiher, incluso sobre su cabeza.
La búsqueda reanudada que siguió recuperó a tres hombres más. Los restos de Jack Madruga, Bill Sterling y Jack Huett aparecieron en el bosque circundante, repartidos a lo largo de kilómetros de terreno abrupto y cubierto de nieve, a distancias variables de la carretera y entre sí. Sus muertes eran compatibles con la exposición al frío. La distribución de los restos indicaba que el grupo se había separado tras abandonar el coche y que los hombres habían muerto por separado mientras caminaban.
A Gary Mathias no se lo encontró nunca. Las búsquedas de aquel verano y de los años siguientes no han dado nada. Sus zapatos quedaron en el remolque junto a Ted Weiher. El caso sigue abierto en el Departamento del Sheriff del Condado de Yuba desde 1978, y en octubre de 2020 el departamento declaró públicamente que los investigadores creen que Mathias fue víctima de un delito. Nunca se ha practicado una detención, y nunca se ha establecido una causa para el viaje a las montañas.
Conclusiones y preguntas abiertas
La explicación más antigua es también la más sencilla, y pertenece a los investigadores originales: que los hombres se equivocaron de desvío en la oscuridad, probablemente pasado Oroville, y subieron la montaña por error. Los detectives señalaron que el día anterior una máquina quitanieves del Servicio Forestal había despejado parte de esa carretera, abriendo una rodada entre ventisqueros de uno a metro y medio de altura, y la teoría sostiene que los hombres, ya atascados, siguieron a pie esa rodada porque parecía un camino hacia delante. Su debilidad es el remolque. No explica cómo un hombre pudo permanecer dentro durante semanas sin abrir el armario de la comida, sin encender el calentador y sin ponerse los abrigos colgados en la pared, y no da cuenta de las sábanas ni de Mathias.
Una segunda teoría sostiene que hubo alguien más implicado. El Departamento del Sheriff del Condado de Yuba ha dicho que cree que Mathias fue víctima de un delito, y los partidarios de una versión más amplia argumentan que la ruta solo tiene sentido si alguien que conocía esa carretera dirigía u obligaba al conductor. Señalan las llaves desaparecidas y la conocida prudencia de Madruga. La debilidad es la ausencia de pruebas materiales: no hubo señales de lucha junto al coche ni en el remolque, y Schons describió a personas que se movían y gritaban por voluntad propia, no bajo coacción.
Una tercera línea de pensamiento, impulsada sobre todo por investigadores y autores que han vuelto sobre el caso, se centra en el historial médico de Gary Mathias. Una teoría sostiene que aquella noche sufrió un episodio psiquiátrico y desvió al grupo. Una versión más suave sostiene solo que sobrevivió a Weiher, salió del remolque con los zapatos de Weiher porque los suyos estaban destrozados y murió en algún lugar que nunca se rastreó. La segunda versión explica bien el intercambio de calzado y el hecho de que sea el único hombre nunca recuperado. Ambas se debilitan porque nadie que viera al grupo aquella tarde, en el partido o en la tienda, informó de nada raro en él.
Algunos sostienen que el verdadero fracaso aquí fue institucional. La investigación quedó repartida entre al menos tres jurisdicciones distintas de sheriffs, y ningún organismo llegó nunca a tener el cuadro completo. Existe además una afirmación persistente pero sin confirmar según la cual trabajadores del Servicio Forestal habrían informado durante el invierno de indicios de un remolque caldeado y habitado en ese bosque. Si tal aviso existió y llegó al escritorio adecuado, los equipos podrían haber alcanzado a Ted Weiher cuando aún vivía. Nunca se ha presentado un documento que lo confirme.
Lo que sigue sin explicación es el núcleo del caso. Nadie ha establecido por qué cinco hombres prudentes condujeron 110 kilómetros en la dirección equivocada, por qué dejaron un coche que funcionaba con gasolina en el depósito, por qué caminaron hacia temperaturas bajo cero con ropa de calle y zapatos ligeros, ni por qué un hombre refugiado durante semanas en un remolque abastecido no comió, no encendió el calentador y no cogió los abrigos. Quién cubrió a Ted Weiher con ocho sábanas, y qué fue de esa persona, se desconoce. Adónde fueron a parar las llaves se desconoce. Y cuarenta y ocho años después, la mayor pregunta abierta sigue siendo la más simple: dónde está Gary Mathias.